Me gusta Sevilla

Me gusta la Avenida de la Constitución y su cruce de gentes, de miradas, de tranvías. De bicicletas frenando y de cámaras colgando, del cuello de guiris; sus caras coloradas hacia el costado de la catedral. Me gusta el taconeo que arrastran los caballos, el señor de la camisa que los monta en su carro, blanca y su pelo negro, corto y engominado. Me gusta el sol de medio día y el café de media tarde, barra de un bar de churros, corto de leche en vaso. Las nueve de la noche en la Plaza del Salvador, el suelo y sus cáscaras de pipas; el tinto el hielo la cerveza; la gente en corro de pie, pisándolas, charlando.

Me gusta el tío que toca la guitarra. Los que lo observan y siguen; a las puertas del Fnac. Los que se paran. Me gusta el olor a adobo, la Casa el Libro, la tienda de Zara. Me gustan los andares de la señora con perlas, originales y falsas; su porte elegante y su sano orgullo, su piel morena y arrugada; la nieta de la mano camino de una plaza. Me gustan los autobuses del centro y su parsimonia, a la hora de tomar las esquinas, a la hora de llegar a sus horas. La forma en la que se desvive la gente por ceder ese asiento a la gente anciana.

Los que patinan, los que caminan Fernando arriba con el portátil a sus espaldas. La universidad y su césped. La vida Erasmus. La clase. El sol. La pausa.

El dorado en las columnas de la Plaza de España.

Me gustan las calles estrechas, las mesas de madera y las copas de vino. Pila de montaditos, cuenta común de tapas. El silencio del barrio de las cruces y los patios que aparecen de la nada. Sus flores enzarzadas. Las palmeras al otro lado de la noche, a la sombra de la muralla asomadas.

Me gusta el árbol anciano y caído que hunde sus ramas en las aguas del río, vera baja del Puente de Triana. La noche tranquila y la noche en corro, en pareja, en masa. La humedad del Guadalquivir. Olor a porros de madrugada. El que traen consigo las estaciones, también: incienso de marzo, azúcar de Feria, otoño de humo y castaña asada.

Me gustan los padres que recurren al paraguas, para cumplir con su reserva anual de caramelos, en enero; los que se enfrentan tras un balón por sus hijos en el aire y en el suelo. Los que acarician la madera, entre sonidos de tambores, que el alma de un pueblo dicen se manifiesta en sus canciones; que embalsan ilusiones, entre volantes y rebujitos y los lamentos en los balcones.

Los que huyen del teatro de las tradiciones.

Me gusta cuando llueve a trompicones y el caos reina en la ciudad. Ese “qué se le va a hacer” de los sevillanos la vida es así y así es la vida y si se puede bromear sobre ello, mejor. Ese deje en la rutina, esa forma de avanzar: un talón hacia adelante, pie dormido anclado atrás.

Me gusta esa forma de regalar palabras, de desmedir el tiempo. De jugar con el lenguaje y observar sin pestañeo. La cara estrujada entre cuatro besos. Los brazos en lazos al pasear. Cultura volcada en lo familiar. Si se levanta es para reafirmar lo que ya conoce, de costumbre, pues no ambiciona ni acelera presumida en su humildad. Humilde hasta en la forma desinteresada de ser, estar y crear, de todo tal vez menos empleo, en la vida sin más finalidad que la de dar. O compartir. De alguna manera sentir. Que al fin y al cabo llaman arte.

2 comentarios sobre “Me gusta Sevilla

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