La tita Carlota

La elección de un convento en la Alameda

 

La primera vez que visitamos a Carlota teníamos no recuerdo cuántos años. Sí recuerdo que nos sorprendía el entrar a oscuras en aquel convento que daba a una calle pequeñita, casi siempre en sombra, prácticamente en plena Alameda. Una voz te preguntaba al otro lado de la madera por tu nombre, motivo de visita. A través del agujerito no se veía a nadie. Solo sabías que te hablaba una mujer, puesto que a los hombres no se les permitía poner un pie ahí dentro. Y al abrirse una de las puertas contiguas al convento veías de refilón un patio sevillano hermoso. Fresco, clásico de estampa. Por las mañanas tal vez sería el corazón del lugar; a esa hora nadie lo contemplaba. Sin darte apenas cuenta reducías la voz a un hilillo, cuchicheabas. Y te sumabas al silencio del patio y sus plantas.

El horario para las visitas era limitado: íbamos algún viernes de cinco a seis y pico de la tarde, más o menos. Normalmente te sentabas en los asientos de madera de una sala partida literalmente en dos. Y al otro lado de las rejas, de nuevo en la oscuridad (solo estaba iluminada la parte que ocupaban los familiares), se sentaba “la tita” Carlota (tía en realidad de mi padre), que por aquella época todavía relataba más que escuchaba. De aquel principio solo recuerdo el final de las conversaciones de los adultos: y lo recuerdo porque entonces nos levantábamos y nos acercábamos de nuevo a las rejas para tocarle la mano a aquella mujer, por la dificultad de darle dos besos. A mí me daba entonces penita, la escena, intentaba no retirar la mano tan pronto. No por reflexión alguna, sino penita natural. Me parecía que el gesto se quedaba corto y que todos al fin y al cabo la dejaríamos ahí sola hasta la próxima visita. Dentro de uno, dos o tres años.

Con el paso del tiempo empecé a enterarme de cosas. Por ejemplo que Carlota había sido una jovencita con formación, algo no tan común en su época, especializada en comercio. Que llegaría a ejercer como secretaria. Que había estado quizás alguna vez “enamorada” de mi abuelo, quién se acabó fijando en cambio en una de sus hermanas, mi abuela. Que al poco tiempo de casarse la pareja y tener a su segundo hijo, a los cuales ayudó en un principio a criar, aun residiendo ella con sus padres en un pequeño piso del centro, decidió a los 29 años escoger la vida en el convento. Que aquel manto que le caía hasta los tobillos ocultaba una antigua y molesta cojera, que no debió pasar desapercibida en su juventud.

También había escuchado otra versión, más colorida quizás, que desmontaba esta primera en desengaños amorosos. Según la cual no era lo mismo meterse a monja a los dieciocho que a los treinta. Según la cual Carlota habría vivido plena y libremente sus historias antes de decidir de forma voluntaria tomar los hábitos.

De su boca nunca escuchamos la verdadera.

. . .

Nunca supe cómo era su pelo. Su piel en cambio lució en su cara bonita y saludable hasta el final. Estaba al tanto de temas de actualidad, sabía de la mentalidad de las nuevas generaciones. A pesar del escenario que la rodeaba, tenía los pies y la cabeza en este mundo. Quienes la conocieron la definieron como una persona pragmática, fuente serena de sabios consejos. A mí siempre me pareció que tuviese una gran sensatez y ambigüedad para posicionase en toda perspectiva: si no fuese por su vestimenta, jamás hubiese pensado que se tratase de una persona religiosa. Incluso al callar percibías ese brillo de inteligencia en la mirada, la de aquellas personas que reservan en sus conversaciones parte de las palabras. Rara vez hizo alusión a sus más íntimos recuerdos. Nos hablaba en cambio de asuntos cotidianos, proyectos colectivos; de sus compañeras y de los pasteles que se vendían como rosquillas en el Corte Inglés de Campana por Navidad,  Semana Santa. A veces entraba la Madre Superiora y nos los daba a probar, con un cafelito. Eran como pestiños. “¿Y x cómo está, sigue en Madrid/Inglaterra?” Sentía Carlota verdadero interés por cada uno de los miembros de la familia, en todas sus ramificaciones;  incluso por aquellos a los que no había tenido ocasión de ver o conocer. No se olvidaba de un nombre. Y si alguna vez alguno de los suyos enfermó, no tardó en abandonar el convento, el tiempo que hiciese falta. Con permiso o sin él.

No siempre residió en la Alameda. Tras su periodo de noviciado, previo a la toma de los votos monásticos, la destinarían como misionera a Puerto Rico; y en Portugal viviría 15 años. Otra de sus cinco hermanas, que también se había formado y optado por consagrar su vida a Dios, viajaría joven y se quedaría para siempre en Filipinas. Contaban que había levantado ahí un convento de la nada y gestionado un proyecto que iría creciendo desde el minuto cero bajo su completa jurisdicción. ¿Podía ofrecer Sevilla a principios del XX un proyecto similar a una mujer? Un proyecto, a secas. ¿Se hacía aquello de verdad solo por “vocación divina”?

La verdad es que siempre me quedé con las ganas de preguntarle todo esto a Carlota. De saber hasta qué punto escogió ella o la sociedad aquel modelo de vida. Que yo supiese la familia no fue un motor. ¿Cómo podía una persona con semejante talante renunciar a una vida más allá de aquel patio interior? A tanto más que al matrimonio y al sexo en una Sevilla católica. Aquello me preguntaba mientras probábamos aquellos pestiños y recorría con la mirada la sala en busca de otra servilleta y la observábamos en su asiento con las manos entrelazadas y mi padre arrancaba nuevo tema de conversación… pero sospechaba que a cierta a edad era mejor no remover más que las aguas cristalinas. Su misterio además era sello bonito. Tal vez no había por qué abrir siempre todas las cartas. Su voz sonaba en la habitación tranquilizadora. En paz consigo misma. Ahí oraban, cantaban, meditaban. Y la distancia de las rejas, el ambiente grupal, la presencia sigilosa de otra monja sentada aún más si cabe en la penumbra escuchando cada giro y detalle de la conversación no invitaba a un diálogo profundo con ella. Respetábamos su religión. O mejor dicho, su elección. Más de una vez se nos había dado a entender que aquel había sido simplemente el destino de muchas mujeres que no encontraron marido en su época.

Que todo se pudiese reducir a “simplemente”, en su caso también lo ponía en duda. 

. . .

Carlota falleció el pasado domingo tres de marzo. Tranquilita en su cama del convento. A los noventa y tres años. Tan solo a una de sus hermanas que aún vive y la visitaba con frecuencia le permitieron entrar, despedirse. Por lo demás permaneció “sola” en su recta final. Acompañada, eso sí , de su comunidad.

Pues imagino que serían ellas, cada cual con su pasado, su razón, su propia letra y carta, cartas que escribirían durante décadas para comunicarse con sus seres queridos, las que acabarían creando tras aquellos muros de la Alameda un fuerte vínculo emocional. Lo más parecido a una familia o la amistad.

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