Anarquía y jerarquía

Los “anarquistas” del puestecillo de San Jacinto

Juan Belmonte (1892 -1962) fue un torero sevillano de origen humilde. Nació en la calle Feria, donde su padre montaba un puesto de quincalla en el mercadillo de los jueves. A los 8 años quedó huérfano de madre y se decidió que abandonaría la escuela. Durante su vida adulta procuró en cambio tener siempre su maleta cargada de libros, se rodeó de escritores y miembros de la cultura del momento. Algunos de la Generación del 98 consideraban el toreo un lastre nacional, otros lo apoyaban. Hay quien simplemente escudó a Belmonte. El periodista Manuel Chaves Nogales, quien escribe esta íntima biografía que le da fama, fue de los terceros. No era aficionado a los toros. Incluso a los antitaurinos, que poco nos pueda interesar el estilo belmontista (ruptura con lo clásico) o quién fuese su máximo rival popular (Joselito el “El Gallo”), empatizamos de alguna manera con la autenticidad del personaje. Viveza y desarraigo, cruz a las jerarquías. Un tanto idealizado, también. En una Andalucía chapada a la antigua. Juan Belmonte se suicidó en su casa de campo de un disparo poco antes de cumplir los 70 años. El final, de alguna manera profunda, venía hilado con el principio.  

No llegué a meterme en aquellas tertulias de torerillos del Altozano, postineros y bien caracterizados que cursaban, paso a paso, su carrerita de toreros en los tentaderos donde, con la venida de los señoritos, hacían sus pruebas de aptitud como estudiantes que se presentaban a examen y que, de vez en cuando, se dejaban ver por la calle Sierpes o el Café Central… (…) Dejé a un lado aquella torería “oficial” con la que no simpatizaba, y fui a caer en un grupo de zagalones que se reunían para hablar de toros en un puestecillo de agua adosado al muro del convento de San Jacinto.

Me gustaban los toros y me molestaban los toreros. A medida que me entusiasmaba con el toreo, sentía mayor antipatía por el tipo clásico del mocito torero. Yo no sabía entonces si aquella repugnancia mía por la torería castiza era sencillamente una reacción elemental de orgullo determinada por el desairado papel que hacía entre aquellos aficionados presuntuosos, que ni siquiera se dignaban a mirarme, o si realmente respondía a una convicción revolucionaria que me llevaba a combatir desde el primer momento los convencionalismos del arte de torear. Probablemente en el principio fue solo el despecho, el resentimiento, si se quiere, lo que me apartó de las normas académicas y el escalafón. (…)

Me junté con aquellos zagalones del puesto de agua de San Jacinto, que tenían todos la misma actitud protestaria y revolucionaria que yo. Era aquella una gente desesperada, que había roto heroicamente con todo. ¿Toreros? Ni iban a los tentaderos a lucirse, ni usaban coleta, ni se dejaban ver por los empresarios en los cafés de la calle Sierpes, no respetaban prestigios, ni tenían padrinos, ni estaban en camino de conseguir nada práctico en la vida. Eran una gente un poco agria y cruel, que todo lo encontraba despreciable. (…)

Más difícil era entrar en aquel círculo de resentidos que hacerse un puesto entre los toreros diplomados. Pero yo me sentía atraído irresistiblemente por ellos y hacia ellos iba, a pesar de sus repulsas. ¿Qué me atraía? No sé. Acaso ese tirón hacia abajo que al comenzar la vida siente todo hombrecito orgulloso cuando quiere afirmar su personalidad y tropieza con el desdén y la hostilidad de los que son más fuertes que él y están mejor situados. Cuando la dignidad y la propia estimación le impiden a uno trepar, no queda más recurso que dejarse caer, tirarse al hondón de una actitud anarquizante.

En definitiva, aquella actitud anarquizante tenía, por lo menos, dignidad y honradez. No conducía a nada; probablemente nos moriríamos de asco en nuestro puesto de agua, al que no iban a ir los ganaderos ni los empresarios a buscarnos, pero ¡era tan halagador aquello de despreciar los valores aceptados (…)!

Andando el tiempo, aquellos rebeldes de San Jacinto han conservado en la vida la misma postura anarquizante que tenían con el toreo. A casi todos he tenido que mandarles dinero y tabaco a la cárcel, donde han ido cayendo, uno tras otro, en calidad de extremistas peligrosos.

Manuel Chaves Nogales, Juan Belmonte, matador de toros

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