Conversaciones abiertas: de los SMS al ping pong de WhatsApp

“¿Cómo lo hacíais antes, para quedar con amigos en Semana Santa? ¿O en la Feria?” O en cualquier sitio multitudinario. Recuerdo que les pregunté una vez a mis padres. Aunque yo de pequeña viví igualmente la ausencia de móviles, solo que me dejaba entonces llevar y no creaba mis propios planes. “Pues se quedaba a una hora en un sitio. Enfrente del bar X, a partir de las seis de la tarde”. Con cierto margen. Si surgía cualquier imprevisto, se esperaba. Solo hubo un año, me contaron, en el que no pudieron encontrarse con esos amigos y cada familia acabó paseando por su cuenta.

Los SMS abrieron otras vías. El chat de Messenger. El ordenador en la esquina del salón. El señor ordenador. Era un bien común. Cero intimidad. Los turnos para conectarse a internet, entre hermanos. “¡Me pido de 8 a 9!”. La persona que te gusta, conectada “en verde” en esa lista. La ilusión de un mensajito al móvil, a las 21:00 de la noche de un agosto pegajoso y alegre en un camping de playa. Se pensaba un poquito qué escribir, pagabas algunos céntimos por ello, había que acortar caracteres. La ilusión más enorme aún, de alguna carta aislada con dos folios a mano, una amiga relatando su verano. Alguna postal. Regresar en septiembre y tener tanto que contar. Las llamadas durante la semana a un fijo que te sabías de memoria, para comentar deberes y tonterías.

Los primeros vídeos de “la cámara de vídeo”, una reliquia. Cargados de autenticidad, no se exponían. Nada se hacía para un público difuso. Todo se creaba para ti y para los tuyos. Hasta la red social de Tuenti era espontánea. Se escribían estupideces en los muros y se subían fotos de grupo en porrón, no retocadas, ni pensadas. No individualizadas.

En la universidad llegó el boom de Facebook, WhatsApp, Twitter, Youtube. Portátil personal. Más adelante Instagram, Snapchat, TicToc, Linkedin, Tinder, Infojobs, Gmail, Netflix…etc etc etc.

No es nostalgia, en realidad, lo que me lleva a escribir este post. Cada medio con su época.

La cuestión está en las comunicaciones abiertas. En “tener que” chequear varias veces al día varias plataformas. Tanto en lo personal, como en lo laboral, como en tus momentos de desconexión y aficiones. Viéndolo con perspectiva, antes abrías y cerrabas conversaciones en un espacio X de tiempo. Te conectabas una horilla al día e interactuabas online. Respondías a ese SMS, a esa carta, a esa llamada, y punto pelota. Te olvidabas. Hasta los hobbies, como los del medio audiovisual, tenían “su momento”, su hora programada.

Ahora está todo disponible 24.7. Móvil en mano, notificaciones, WhatsApps. Yo soy fan de esa flexibilidad, por sus opciones creativas. Lo prefiero a lo anterior. Aunque pienso también que hay algo distorsionado en los ritmos. Lo personal es más difícil de ignorar. “Vane, tienes una media de respuesta de 4 horas en WhatsApp”. Me comentaba una amiga medio de broma, medio de crítica cariñosa este verano. Me lo demostró y todo, bajando y parando el dedo en horas exactas, en conversaciones.

No es que no lea esos mensajes, en realidad: no me parece sano responder a todo al instante. Más que nada porque eso no lleva casi nunca a cerrar las conversaciones… sino a un ping pong indefinido de mensajes. Que te enreda en audios, debates, enlaces curiosos, vídeos, temas sensibles… de todo y de forma casi paralela. Responder conlleva muchas veces a extender. Y eso de contestar a medias y alargar conversaciones en el tiempo… muy natural, por su anulación de contexto real, no parece.

Aunque nos sentimos cada vez más dispersos, algunos. Por sobreestimulados, por distraídos. Los hábitos de lectura darían para otro post. Me considero afortunada de haber conocido la sensación de “alta concentración” en las cosas; por aburrimiento, espera o constancia en la infancia y adolescencia. Si la echo a veces en falta hoy es porque la aprendí, como milennial y la reconozco. Y cada día me cuesta más llegar a ella.

Ojalá las generaciones Z y Alfa no se queden en esa capa espesa de la inmediatez, que cuando se engrasa sacude un poco la paz mental, remueve superficies espectaculares. Que aunque espectaculares, no dejan de ser superficies. 

5 comentarios sobre “Conversaciones abiertas: de los SMS al ping pong de WhatsApp

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  1. Yo pertenezco a la generación a la que “cinco duros” le daba para una conversación larga en una cabina, quedábamos a las diez en el Avenida ( Un cine que ya no existe en A Coruña), o en verano a las 8 en Carlos(una cafetería que todavía existe en Sada), y si tenías un amor platónico tenías que esperar a verle pasar….y estamos aquí 🙂 . Somos de otro siglo. Un saludo!

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